
Por Kim Washburn
Puede ser que mi esposo nunca lo admita, pero una patadita por debajo de la mesa era justo lo que necesitaba. Sin embargo, en lugar de darse por aludido y cambiar el tema de la conversación con nuestros amigos, giró hacia mí y gritó, «¡Ay! ¿Qué fue eso?». Hasta allí llegó nuestra comunicación no verbal.
Como cualquier otra cosa en el matrimonio, establecer otro tipo de comunicación, fuera de la verbal, toma bastante tiempo. Afortunadamente hemos aprendido de nuestros malentendidos. Y ahora que tenemos experiencia en este lenguaje corporal, puedo determinar en menos de tres segundos si está ganando un juego épico de ping-pong. Y después de años de experiencia, él puede darse cuenta, a metros de distancia, de «la ley de hielo» que le aplico en algún momento. También puedo reconocer la combinación de brazos cruzados/suspiro imperceptible/sonrisa forzada como la clave inconfundible para dejarlo terminar lo que está haciendo. Y él entiende mi risa incontrolable como la clave suprema de que estamos en la misma onda.
En estos días, mi esposo se jacta de que puede leerme como a un libro abierto, lo cual es verdad, porque el otro día cuando lo pateé bajo la mesa como aquella primera vez, supo exactamente lo que quería decir. Y la mirada amenazadora que me devolvió fue evidente para mí también.
«¡Qué dulce es la intimidad!», pensé mientras sonreía, manteniendo la comunicación no verbal.