Apenas un par de días antes de sentarme a escribir esta nota leí el artículo de un conocido economista en los Estados Unidos haciendo referencia a la tan conocida historia bíblica, para nosotros, de las vacas gordas y las flacas.
Por lo general, me gusta leer sus comentarios sobre temas económicos en América Latina, para luego, en mis viajes y en los trabajos que realizamos en distintos países, poder tener una idea un poco más erudita sobre los temas del bolsillo que, lo deseemos o no, terminan repercutiendo en todos los niveles de la sociedad.
Las crisis económicas son simplemente escasez de dinero y abundancia de temor.
Nunca antes, en ningún artículo que leí de este economista detecté referencias bíblicas o religiosas en general. – ¡Qué casualidad!, pensé. Ante la crisis, la referencia fue la Biblia.
Las flacas no son tan flacas
Cuando la pesadilla interpretada por el profeta se convirtió en realidad, y comenzaron los siete largos años de escasez, la crisis económica se manifestó y sacudió a quienes no estaban preparados. Pero para el faraón, rey de Egipto, y su pueblo, que escucharon y obedecieron el consejo de Dios de acumular cuando había abundancia, les fue muy bien. Y a José le fue mejor aún. Se posicionó en la corte y adquirió inmensos poderes políticos. Pudo presentarse antes sus hermanos y perdonarlos, regresar a su padre y atenderlo en su vejez, al igual que a todo su pueblo que sufría por la crisis (la historia completa puede leerse en el libro de Génesis).
No podemos negar la humanidad, la cual nos lleva automáticamente, y ante cualquier crisis, a buscar a papá o a mamá. Necesitamos algún lugar en donde sentirnos seguros. Un hogar, una cama cálida en donde escondernos debajo de las sábanas.
Eso es comportarnos como seres humanos. Cuando somos grandes, algunas cosas cambian. Tenemos hijos que buscan en nosotros esa seguridad, tenemos padres mayores que necesitan sentirse seguros en sus hijos adultos y fuertes.
Muchas veces también sucede entre los empleados que necesitan ver en su jefe a alguien que los proteja, que les mantenga el trabajo y el salario. Si estamos liderando en una iglesia o en la comunidad, hay gente que busca seguridad en sus dirigentes. Y nosotros a ¿quién recurrimos?
De manera automáticamente humana, repitiendo la expresión, acudimos a Dios. Sabemos que allí podemos encontrar esa seguridad. Por ello, deduzco, la referencia a la historia bíblica de aquel economista en su escrito.
Cualquier dificultad o crisis por la que atravesamos es una moneda que en una cara tiene reflejado el peligro y los riesgos, y en la otra la oportunidad que provee beneficios a largo plazo.
Si en la emergencia del problema el temor se apodera de nosotros, la moneda que está en el aire caerá con su cara de peligro mirando al cielo. Pero si encontramos en Dios el refugio ante la crisis y nos liberamos del temor, esa misma moneda girará y girará, pero terminara cayendo con la esperanza hacia arriba.
Le invito a vivir la vida de un niño, la de una persona que tiene a quien recurrir ante el temor para sobrellevar la crisis. Le invito a sentir la tranquilidad que le da saberse cuidado.
Cuando la moneda de la crisis está en el aire, no pierda tiempo mirándola, aproveche que ya está viendo hacia el cielo y busque un poco más arriba. Dice un Salmo en la Biblia: «¿De dónde vendrá mi socorro? Mi ayuda viene de Dios que hizo los cielos y la tierra». (Salmo 121.1-2).
Desde la seguridad de saberse protegido, lo animo a convertir cualquier crisis en éxito.