El justo derecho a ser felizSon palabras del renombrado escritor ruso León Tolstoi, fallecido en 1910 y autor de una de las más grandes obras de la literatura mundial, La Guerra y la Paz.
Si pudiéramos aplicar la simple ecuación de Tolstoi en cada día de nuestra vida seríamos testigos de nuevos y felices amaneceres. Pero reconozco que no es sencillo.
Mirando las fotografías del viaje misionero a Tailandia no pude menos que preguntarme, ¿a qué llamamos estar felices?
Me confundió la profunda sonrisa de la gente, esas expresiones de gozo en un marco de miseria indescriptible. Casas fabricadas con ramas que cosen las mujeres con increíble paciencia y a riesgo de tener manos destrozadas, niños caminando descalzos a merced de cualquier peligro, hombres cavando zanjas a «pico y pala» para hacer llegar agua fresca a sus familias. Sin electricidad, y por lo tanto, ni televisión, ni juegos electrónicos; sin calefacción ni aire acondicionado. Sin camas para dormir o mantas para cubrirse. Nada de lo que quizás muchos de nosotros consideramos «cosas» elementales para esbozar una sonrisa.
Les confieso en estas Últimas palabras de este número de Enfoque, que al ver esas fotos y escuchar los testimonios me sentí avergonzada delante de Dios.

Quiero aprender a apreciar lo que tengo, sea objetivamente mucho, o poco. Acompáñeme en este aprendizaje, y lentamente comenzarán a verse sonrisas que brotan de lo profundo de nuestro corazón… como las de los niños de Tailandia.
No hay dudas que vivimos tiempos agitados en la ciudad. Las horas no nos alcanzan y corremos frenéticamente todo el día, muchas veces, sin llegar a ningún lado al caer la tarde. ¿Y dónde está nuestra sonrisa? La real, la de adentro, − me pregunto. Quizás hablamos de confiar nuestro futuro en las manos de Dios, pero nuestra cara sigue inexorablemente rígida, sin dar testimonio externo de nuestras convicciones.
Lo que hoy vende espacio en los medios y satura nuestras mentes son las noticias de lo que no tenemos y lo difícil que será tener lo que deseamos. Una continua «lluvia ácida» contaminante de nuestro corazón. ¿Es que acaso no sabíamos que vendrían tiempos difíciles? ¿Y acaso no sabemos que estos son «principio de dolores»? (Mateo 24:8).
Es hora de guardar nuestro corazón, no dejar que se contamine y permitir que de él «brote la vida». Entonces podremos unirnos al salmista y decir:
«…alégrense todos los que en ti confían; Den voces de júbilo para siempre, porque tú los defiendes; En ti se regocijen los que aman tu nombre» (Salmo 5:11).
Es nuestro derecho a la felicidad. Tómalo como muchos lo hicieron y sé feliz por lo que tienes, que seguramente es mucho.
Que el gozo del Señor sea nuestra fortaleza hoy, mañana y siempre. Y cuando tengas dudas, recuerda… las sonrisas de los niños de Tailandia.